Madrid, 28 de marzo de 2007- ¿Necesita un presidente conocer el precio exacto de las cosas? ¿O es tan sólo necesario que sea un buen gestor de la cosa pública y deje las del ámbito privado para quien o quienes le acompañan? ¿Exige el pueblo que su máximo mandatario sea uno de ellos, aun sabiendo que las circunstancias en las que se desenvuelve su rutina diaria pueden alterar notablemente esas situaciones cotidianas hasta hacer de ellas anomalía? ¿Ha suplantado el coste del café al extenuante debate sobre algo que ya está frío, tiene mal sabor y provoca reacciones excitantes si se ingiere en exceso como el caso De Juana Chaos?